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CAVERNAS EMBRUJADAS

CAVERNAS MISTERIOSAS

EL INCREIBLE MUNDO DE LAS CAVERNAS

  La arqueología y la antropología física mostraron hace tiempo que las gentes del Paleolítico Superior, nuestros ancestros Cromañones, eran exactamente como nosotros. Nuestro linaje directo empieza en África al menos hace 120.000 años. Hace alrededor de 90.000 años, el Homo sapiens sapiens, como ha sido llamado, había llegado al Oriente Próximo. Algunos continuaron hacia el este y Australia fue probablemente poblada entre hace 60.000 y 50.000 años. Otros, se dirigieron al oeste y llegaron a lo que es ahora Europa Occidental entre hace 45.000 y 40.000 años. Ellos y/o sus descendientes fueron los creadores de lo que llamamos arte rupestre. Puesto que muchas de esas pinturas y grabados fueron realizadas en las profundidades de las cuevas, donde nadie vivía, ya desde su descubrimiento la mayoría de los especialistas han coincidido en que respondían a un fin religioso y en que, a través de ellas, podíamos aproximarnos a algunas de las creencias de aquellas antiguas gentes. Se hicieron comparaciones con el arte rupestre de cazadores recolectores modernos existente en otras partes del mundo. La universalidad de la religiosidad humana, así como el hecho irrebatible de que pertenecemos todos a la misma especie, con las mismas facultades, necesidades y anhelos, hacían posibles tales comparaciones. 

Es una idea propuesta hace medio siglo (Eliade, 1951) que las religiones paleolíticas europeas podían ser chamánicas. La hipótesis fue desarrollada en años posteriores (particularmente por Lewis-Williams & Dowson, 1988). Antes de que se aplicara a lo que conocemos de las cuevas pintadas, tres series distintas de observaciones fueron tenidas en cuenta: los trabajos de neuropsicología acerca de los estados de conciencia alterada, las sociedades chamánicas en el mundo, y el arte rupestre de culturas chamánicas conocidas, como los San de África del Sur y numerosos grupos nativos americanos del Este de E.E.U.U. En los 90, trabajé con Lewis-Williams para comprobar si la teoría podía ser aplicada o no al arte rupestre Europeo (Clottes & Lewis-Williams, 1996, 1997, 2001). Recientemente, Lewis-Williams ha desarrollado y expandido su modelo e ideas en un innovador libro (Lewis-Williams, 2002).
Figura 1. Las nubes de puntos son uno de los elementos entópticos que se ven usualmente en el primer estadio del trance. Aquí, en la Cueva del Castillo (Cantabria, España), han sido ordenados en una estela que parece salir de un agujero. Fotografía de L. de Seille.

Chamanismo

De entre los múltiples componentes del chamanismo (Hultkranz, 1987; Vitebsky, 1995), algunas características están directamente relacionadas con nuestro propósito.
 

Figura 2. El llamado «brujo» de la cueva de Gabillou (Dordogne, Francia), representa una criatura compuesta de lo animal y lo humano. Ilustración de J. Gaussen.

En primer lugar, la creencia en un cosmos complejo en el cual coexisten varios mundos, paralelos o dispuestos en niveles, que interactuan entre sí haciendo que la mayor parte de nuestros acontecimientos estén causados por el otros mundos.

En segundo, algunas personas se consideran capacitadas para entrar en contacto deliberadamente con el otros mundos para conseguir fines beneficiosos: sanar la enfermedad, mantener buenas relaciones con los seres sobrenaturales o restaurar la armonía quebrada, imprecar la lluvia en periodos de sequía, asegurar una buena caza o dirigirse al «Señor de las Animales» para que la caza pueda ser posible, predecir el futuro o maleficiar a un enemigo.

Y en tercero, el contacto puede tener lugar cuando los espíritus favorables acuden, a menudo con formas animales, al chamán o al buscador de visiones. El chamán se identificará con su espíritu favorable. Puede también enviar su alma al otro mundo para encontrarse con los espíritus y obtener su ayuda. Todo esto tendrá lugar a través del trance.

Finalmente, el chamanismo está ampliamente extendido entre los pueblos cazadores y la recolectores. Hasta hace poco, estaba presente en una enorme área que incluía el Ártico, desde Siberia a Canadá, Escandinavia, toda la América del norte y bajaba hasta el norte de la América del sur. Teniendo en cuenta que el hecho religioso se mantiene durante largos periodos de tiempo, incluso en sociedades dinámicas, y, también, el muy antiguo poblamiento de América en el Paleolítico Superior, en buena lógica deberíamos considerar como hipótesis previa la existencia de un fuerte entramado chamánico en las religiones paleolíticas.

Las imágenes estaban llenas de poder, lo que explica su apiñamiento en algunos paneles: cada una de las nuevas absorbía el poder de las anteriores y añadía el suyo propio. El número de temas representados es siempre limitado. En el californiano Coso Range, los muflones predominan en tanto que animales de lluvia, desempeñando un papel vital en esa desértica región.

Las imágenes incluyen figuras geométricas, similares a las formas entópticas, y criaturas compuestas (con características animales y humanas), que los testimonios etnológicos describen como espíritus encontrados en la cueva o como transformaciones del mismo chamán.

Todo esto permite apreciar una obvia relación con el arte paleolítico.

Arte Paleolítico

El arte paleolítico evidencia una total unidad en varios aspectos. De entrada, el uso constante de la profundidad de las cuevas a lo largo de más de 20.000 años. Pintar y grabar en un ambiente de completa oscuridad es algo excepcional en la historia del género humano. Que tal tradición perdurara tanto tiempo sólo se explica por la existencia de creencias fuertemente arraigadas, transmitidas de generación en generación.

En toda Europa y en todo tiempo, la representación de animales y signos geométricos fue prioritaria, así como la ejecución de muchos trazos indeterminados. La figura humana escasea. Las criaturas compuestas también son propias del arte Paleolítico (desde un hombre con cabeza de león en el Auriñaciense de Hohlenstein-Stadel a los «brujos» del Magdaleniense medio de Trois-Frères, figura 3.).
 
Figura 3. El llamado «brujo con arco musical» de la Cueva Trois-Frères (Ariège, Francia), compuesto de lo animal y lo humano. Figuras como ésta, o la de Gabillou, comunes en culturas chamánicas, podrían representar al chamán transformado, o a un espíritu sobrenatural. Ilustración de H. Breuil.

En las cuevas, las gentes del Paleolítico Superior se comportaron exactamente igual desde el 32.000 al 12.000 BP. Fueron a los más remotos pasillos y recovecos, a veces a lugares donde sólo cabían una o dos personas al mismo tiempo (Portel, Chauvet, Tuc d'Audoubert, Candamo). Allí, lo importante era el acto de representar, no el resultado. Por el contrario, en grandes salas (Lascaux (Salle des Taureaux), Niaux, Chauvet) se hicieron impresionantes composiciones, y otras pinturas se superpusieron en complejos palimpsestos (Trois-Frères, Gargas, Lascaux: Ábside). Esto implica la participación en ceremonias colectivas en las que las imágenes jugaban un papel en la perpetuación de las creencias, las visiones del mundo y las prácticas rituales para obtener la ayuda de los espíritus.
 
Figura 4. Parte de la famosa «Escena del Pozo»de la cueva de Lascaux (Dordogne, Francia), en la que un hombre con cabeza de pájaro yace frente a un bisonte herido y eviscerado. Cerca del hombre, un pájaro parece posado en una vara. La imagen del pájaro podría representar el vuelo del alma, una metáfora común en el trance del chamán. Ilustración de A. Glory.

La cueva misma tenía la mayor importancia. Muy a menudo, y en todo tiempo, se aprovecharon los relieves naturales u otros accidentes de la roca para la representación de alguna parte del cuerpo del animal, o como si los animales surgieran de las grietas de la pared, de los tubos o del fondo de las galerías de las cuevas (figura 5). Muchos fragmentos de hueso fueron introducidos en las grietas de las paredes sin más propósito práctico que el de penetrar en la roca (figura 7). Vestigios de tales gestos no utilitarios se han encontrado en diversas cuevas que se sitúan entre los 27.000 años de Gargas y los 14.000 de las Cuevas del Volp, confirmando que la cueva y sus paredes eran pensadas y usadas del mismo modo.

Estos hechos son demasiado numerosos para ser el resultado del azar o la coincidencia. Testimonian tradiciones y la materialización de fundamentalmente las mismas creencias durante más de veinte milenios.

El arte Paleolítico como el testimonio de una religión chamánica

Las gentes del Paleolítico Superior, nuestros directos antecesores, tenían un sistema nervioso idéntico al nuestro y, por lo tanto, estados de conciencia alterada que interpretarían a su manera. Sabemos que repetida y deliberadamente entraban en la profundidad de las cuevas para plasmar representaciones, no para vivir allí, y eso ocurrió durante inmensos periodos de tiempo. También sabemos que en todo lugar y en toda suerte de mitologías, el mundo subterráneo ha sido considerado como el reino de lo sobrenatural, de los dioses, la muerte o los espíritus. Ir allí era aventurarse en el otro mundo para reunirse con sus moradores. La analogía con los viajes del alma del chamán es obvia.
 
Figura 5. Dos ciervas que parecen salir de una galería de la cueva de Covalanas (Cantabria, España). Fotografía de L. de Seille.

De este modo, las cuevas tenían una función: facilitar y acceder a los poderes a través de la pared, que era una suerte de velo entre el otro mundo y el nuestro. Así, el uso de relieves naturales cobra pleno sentido: se creía que el propio espíritu del animal estaba presente en la roca, literalmente al alcance de la mano. Mediante la representación, se llegaba a él a través del velo de la pared y se conectaba con su poder. Los agujeros, tubos y galerías profundas jugaban un papel similar, como lugares por los que los animales surgían (figura 5). 

Figura 6. Trozos de hueso introducidos en las grietas de la pared.
Fotografía de J. Clottes.

Este deseo de conectar con los espíritus o los poderes del mundo subterráneo se habría manifestado también de otros tres diferentes modos. Primero, mediante la introducción de astillas de hueso en las grietas de las paredes (Trois-Frères, Enlène (figura 6), Tuc d'Audoubert, Bédeilhac, Labastide, Troubat, Brassempouy, Portel, Llonin, &c.). El simbolismo básico de este tipo de gesto se puede encontrar en todo tipo de contextos, incluso en nuestros días (como en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén). Segundo, con los grabados digitales y los trazos ideterminados, que podrían responder a los mismos motivos: no pretendían dibujar una imagen, sino dejar una marca allí donde era posible (Cosquer, Gargas): lo importante era el gesto en sí mismo. Teniendo en cuenta el contexto sagrado de las cuevas, la explicación más verosímil estaría en que con su ejecución se intentaba conectar directamente con los poderes de la pared. Estas marcas podrían haber sido hechas por los no iniciados y ser su concreta participación en las ceremonias. Y, finalmente, las manos impresas o estarcidas (figura 7) obedecerían al mismo tipo de objetivo. Tras apoyar la propia mano sobre la pared y soplar la pintura sagrada sobre ella, la propia mano quedaba ligada a la roca y tomaba su color, rojo o negro. Metafóricamente, la mano se fundía con la pared y dejaba su espectro cuando se la retiraba. Tal acción establecería una concreta relación con el mundo de los espíritus y permitiría a algunas personas (por ejemplo, a niños en Gargas; o a enfermos) beneficiarse del contacto directo con los poderes del más allá.

Figura 7. Mano estarcida de la cueva de El Castillo (Cantabria, España).
Fotografía de L. de Seille.

Conclusión 

No ha sido nuestro propósito explicar la totalidad del arte del Paleolítico desde el chamanismo. Basándonos en lo que se conoce de él (o, más bien, de los chamanismos) en el mundo, hemos examinado el modo como las cuevas paleolíticas se utilizaron durante más de 20.000 años. Ello nos ha llevado a pensar que la mayoría de su arte se realizó según un sistema chamánico de creencias, lo que no implica que todas las imágenes provinieran de visiones, ni aun si el trance y las alucinaciones hubieran tenido un importante papel. Hoy en día no podemos conocer los detalles de las creencias de aquellas gentes. En todo caso, hemos dado un paso hacia la comprensión de su actitud ante lo sobrenatural y sus modos de acercarse a sus propios dioses.

DONDE LA OSCURIDAD TIENE SU MORADA 

Testimonios sorprendentes sobre el mundo subterráneo de las cavernas

Nos internaremos en el mundo subterráneo de las cavernas, llevados por la mano del buen Séneca, quien dijo lo siguiente en su tratado  Naturales Quaestiones : “Aún antes del reinado de Filipo de Macedonia, los hombres se abrieron paso en el mundo de las cavernas, donde resulta imposible distinguir la noche del día, y penetraron los lugares más recónditos. Vieron grandes y poderosos ríos, enormes lagos inmóviles, y panoramas que les hicieron temblar de miedo, pues habían descendido a un mundo en el que la naturaleza está de cabeza. El suelo colgaba sobre sus cabezas (¿estalactitas?) y escucharon el silbido sordo del viento en las penumbras. En las profundidades, aterradores ríos conducían a la nada en una oscuridad perpetua e inhumana. Después de tantas proezas, estos hombres ahora viven temerosos, tras haber desafiado las llamas del averno”. (Boston: Loeb Classical Library, 1971). El filósofo estoico que fuera preceptor de Nerón apuntó también que esos vientos podían tener tal fuerza que era la causa de los devastadores terremotos que sacudieron el mundo antiguo – ya comenzaba a verse el intento por parte de los sabios en encontrar causas a los fenómenos sin la necesidad de adjudicarlas a cierta deidad u otra. No sabemos si el gran filósofo nacido en Córdoba transmitió a Nerón su curiosidad por las cavernas y las entrañas de nuestro planeta, pero sí tenemos constancia de que el emperador despachó una expedición al norte de África bajo el mando de Celesio Baso, vecino de Cartago, para localizar una serie de cuevas supuestamente llenas de tesoros. Aunque el legado del emperador regresó con las manos vacías, se cree que la leyenda de dicha caverna de tesoros pudo haber sobrevivido para inspirar la gruta de Ali Baba en Las mil y una noches.
 
El mundo de las cavernas tuvo un gran atractivo para nuestros antepasados. En todos los continentes, estos espacios oscuros pasaron de ser meros lugares de cobijo – a menudo arrebatados a un oso u otro animal salve – a convertirse en santuarios en los que veneraban fuerzas elementales o totémicas. Lugares que conocemos por sus denominaciones contemporáneas, como Lascaux y Altamira en Europa y Guitarrero y Lauricocha en las Américas. Resulta casi incomprensible imaginar a nuestros ancestros enfrascados en la dura tarea de ilustrar complejas escenas de caza que son bellas desde nuestra perspectiva, en la oscuridad de las grutas, asistidos sólo por la luz de las antorchas.
 
Un sinnúmero de culturas considera que el origen de su pueblo se remonta a una cueva específica. Los taínos del Caribe, por ejemplo, afirmaban haber salido de las entrañas de la Caverna de las Maravillas en la actual isla de La Española. La cara opuesta de esta creencia mantiene que las cavernas son lugares ocupados por seres inmundos. La mitología asigna algunos de sus elementos menos inspiradores a estos sitios, como el caso de las brujas trogloditas de Tesalia en la tradición griega, o  a dragones, gnomos y otros seres en la tradición germánica; los estudiantes de literatura anglosajona siempre comienzan sus estudios con la lectura del temerario Beowulf internándose en las profundidades para inmolar al temido Grendel.
 
Pero este trabajo no tiene por mira examinar situaciones ficticias ni las asociaciones psicológicas de las cavernas: en nuestro propio siglo XXI, bisecado por la superautopista informativa y al borde de la realidad virtual, persiste la creencia de que estos sitios siguen representando una fuente de pasmo y de miedo.
 
En diciembre de 2006, la cadena Discovery transmitirá un especial televisivo sobre las extrañas cavernas localizadas por expertos en el monte Roraima de Venezuela – oquedades de millones de años de edad donde las telarañas han pasado a convertirse en estalactitas y los microbios se alimentan de sílice. Pero hay cavernas más extrañas aún, vinculadas al mundo de lo paranormal.
 
Las experiencias del esoterista Alan Greenfield – cuyos escritos buscan el vínculo entre el fenómeno ovni y el ocultismo – difícilmente se comparan con las legendarias peripecias del Alan Quartermain de H.Rider Haggard, pero representan un buen punto de partida para nuestro trabajo.  En su obra Secret Cipher of the Ufonauts (Atlanta: Illuminet Press, 1993), Greenfield aborda el tema de las cavernas en una entrevista con un tal “Terry R. Wriste” (seudónimo fonético y jocoso, que significa “desgárrate las muñecas”), presentado como “escritor de temas relacionados con la guerrilla urbana de los ’60”. En el transcurso de la charla entre estos personajes, el tema del siempre controvertido Richard Shaver – defensor de la existencia de los seres intraterrestres conocidos como “deros” o “robots detrimentales” que aquejan a la humanidad y controlan su forma de pensar – sale a relucir, y el guerrillero urbano hace el siguiente comentario a Greenfield: “Sería allá por 1961 o ’62. Ray Palmer [antiguo director de la revista FATE] estaba reeditando muchos materiales [escritos por] Shaver en 1940 sobre el mundo subterráneo, que según Shaver, estaba ocupado por una civilización antediluviana que se había trasladado a las entrañas de la tierra, aunque Palmer y sus seguidores apostaban por una realidad mas esotérica, como la cuarta dimensión o algo así...pues bien, Dick Shaver tuvo problemas con la ley, abandonó Wisconsin y fue a esconderse. Curiosamente, fue durante este momento que obtuve su dirección y me relacioné con un grupito de guerrilleros a ultranza que habían decidido – sin mediar un solo concepto metafísico – internarse en las cavernas para matar a los bastardos que controlaban nuestras mentes. Dick le había dado instrucciones a varios grupos anteriores, y algunos de ellos habían ido. La mayoría no regresó, pero algunos lo hicieron, entre ellos un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se descubrieron una caverna cerca de Dulce, Nuevo México...”
 
Para los lectores que no estén familiarizados con la obra de Richard Shaver, el mundo subterráneo de los “deros” se conecta al nuestro a través de una serie de cavernas y pozos, muchas veces debajo de nuestras propias urbes. Aunque la mayor parte de este “mito” ha sido rechazado como ciencia-ficción de pésima calidad, seguiremos con la relación del Sr. Wrist.
 
 “Esto habría sido en 1948, y este tío y su equipo se internaron a través de una puerta y hacia abajo, a lo largo de lo que parecía ser un tiro de elevador sumamente antiguo hasta parar en una urbe intraterrena, donde localizaron a los “deros” y – según me contó – destruyeron algunas máquinas...no le creí, pero el mismo Shaver nos había dado algunas ubicaciones aquí mismo en el sur de los EE.UU. que según él, eran las cavernas que conectaban al mundo interior...el norte de Georgia en donde se encuentra el bosque estatal de Chatahoochee, el sur de Carolina del Norte y el condado de White en Georgia.”
 
En este momento del alucinante intercambio, el escritor le pregunta a su misterioso entrevistado: “Así que tú y tu grupo de paramilitares buscaron la entrada al mundo intraterreno. ¿Y qué pasó entonces?”
 
“Se abrió una puerta y entramos. Íbamos mucho mejor armados que el grupo en la década de los ’40. Éramos un grupo variopinto – veteranos recientes de la guerra de Vietnam, fugitivos de las brigadas armadas de resistencia contra la guerra de Vietnam, y un fulano que había luchado con los Panteras Negras. Éramos diez en total... descendimos y hacía mucho frío. Pensé que Shaver efectivamente había estado en este sitio, y que se trataba de una antigua concesión minera, hasta que pude escuchar el zumbido. Para entonces ya estábamos en una especie de caverna, una oquedad excavada artificialmente e iluminada con un resplandor verde y difuso que no provenía de ninguna fuente identificable. De todos modos, la zona parecía más una de las bases alienígenas que se mencionan en la actualidad y no una de las ciudades de Shaver. Nos enfrentamos con unos seres diminutos y de color gris – humanoides a grandes rasgos – y uno de los nuestros exclamó “¡dero!” y abrió fuego. Tenía un subfusil M-1, si mal no recuerdo. Un solo disparo, pero la pequeña criatura gris se iluminó repentinamente de color azul y desapareció. Escuchamos un sonido y sentí que mi propia arma – un M-16 – se volvía intolerablemte caliente. La dejé caer al suelo y me di la vuelta para salir corriendo. En ese momento vi dos criaturitas que me amenazaban con una red. Parece que la sugestión mental que me hizo soltar el subfusil  no aplicaba a la vieja pistola Luger que llevaba en mi cinturón, y una de las criaturillas recibió la sorpresa más desagradable de su vida. Explotó, mientras que la otra criatura soltó la red y salió corriendo, corriendo pendiente arriba. La perseguí, escuchando el zumbido y el ruido de ráfagas de balas y explosiones detrás de mí. Pero cuando salimos a la luz, el diminuto ser desapareció... de nuestro grupo, tres regresan a la superficie. Uno moriría de leucemia al año de haber tenido la experiencia.”
 
A estas alturas, el diálogo entre el controvertido Greenfield y el Sr. Wriste pasa de las aventuras intraterrenas a los códigos utilizados por Aleister Crowley para comunicarse con los “jefes secretos”, dejando a lector más perplejo que nunca en cuanto a la realidad o irrealidad de los hechos.
 
Pero las experiencias que han tenido otros con estos sitios subterráneos no pueden pasarse por alto. Ron Calais, veterano investigador de lo forteano, señala la odisea vivida por los mineros David Fellin y Henry Throne, supervivientes del colapso de una mina de carbón en el estado de Pennsylvania en 1963. Tras su rescate, ambos mineros afirmaron haber visto una enorme puerta abrirse en una de las galerías de la mina, revelando la presencia de unas escalinatas de mármol bañadas de luz azul, y seres vestidos en “atuendos extravagantes” que los miraban fijamente. Fellin y Throne juraron que su experiencia no había sido una alucinación producida por la presencia de gases venenosos o por la falta de oxígeno. Y casi una certeza que ambos supervivientes no tenían conocimiento alguno de las experiencias de Alfred Scadding, el único que sobrevivió al trágico desastre de la mina Moose River en 1936. Después del desplome, Scadding y algunos compañeros de trabajo que aguardaban el rescate juraron haber escuchado el sonido de carcajadas y gran regocijo proveniente de una de las galerías. Pensaron que tal vez estaban escuchando juegos infantiles en la superficie, cuyos sonidos se filtraban a través de algún respiradero. “No había ningún desfogue, pero lo escuchamos claramente. Risas y alboroto, como de gente que se divertía. El sonido duró veinticuatro horas.” (Steiger, Brad.  Atlantis Rising. NY: Signet, 1975).
 
Más sorprendente aún es el testimonio de Glenn Berger, inspector de minas para el estado de Pennsylvania, quien informó a las autoridades estatales que el derrumbe de la mina carbonera de Dixonville en 1944 no había sido un accidente, sino “un ataque por seres capaces de manipular la tierra y cuyos lares habían penetrado los mineros”. Como si de un cuento de H.P. Lovecraft se tratara, el inspector Berger apuntó que los mineros no murieron aplastados, sino a consecuencia de heridas producidas por grandes garras. Uno de los sobrevivientes dijo haber visto una criatura “inmunda” que causó el derrumbe. El informe del inspector fue mencionado por primera vez en una nota de prensa por Stoney Brakefield en el periódico Extra en julio de 1974.
 
El mismo año en que se produjo el desastre de Moose River, Jack McKenna, autor del libro Black Range Tales (Rio Grande Press, 1969) tendría su propia experiencia con los enigmas que circulan en el mundo bajo nuestros pies. Según el autor, había tenido la oportunidad de ver la manera en que dos doncellas amerindias parecían caminar directamente hacia la pared de un desfiladero, sólo para salir con cubetas de agua para darle a sus burros. Intrigado, McKenna y su amigo, Cousin Jack, se acercaron para descubrir una grieta que abría paso a una cueva oculta que contenía un manantial. Al día siguiente, los dos amigos se propusieron explorar la cueva, pensando tal vez hallar oro o minerales dejados atrás por bandidos. No habían avanzado mucho en su exploración cuando se toparon con huesos humanos, escuchando una voz que suplicaba clemencia. El lector se podrá imaginar la velocidad con que abandonaron el lugar.

 La misteriosa cueva de los montes Tatra

Desde las costas del Báltico hasta las escarpadas cuestas de los Cárpatos, los países de Europa Oriental siempre han sido considerados como bastante misteriosos.  Estos misterios no necesariamente tienen que ver con los vampiros – el producto de exportación más conocido de esta región – sino con enigmas arqueológicos y geológicos de alta extrañeza.
 
Uno de estos lugares es la actual república checa – la Bohemia de los mapas antiguos – cuyas montañas encierran varios misterios que aún aguardan investigación. En la cuenca del río Vltava, al sur de Praga, pueden encontrarse asentamientos celtas, megalitos y misteriosas piedras circulares. Cerca de la población de Zdikov se encuentra “la montaña de los gigantes”, un cerro coronado por murallas y lo que aparecen ser restos de fortificaciones que no corresponden a las invasiones bárbaras de los siglos IV al VII. Estructuras parecidas existen en los montes que rodean los poblados de Sumava y Cesky Les. Pero fue en Zdikov donde se produjo un hallazgo extraordinario en el siglo XVIII – el fémur de un supuesto gigante.
 
De acuerdo con la investigadora checa Jana Hanka, los vecinos afirmaban el enorme hueso (que casi seguramente correspondía a algún reptil prehistórico) correspondía a los gigantes que en su momento vivieron en aquella comarca. Tan grande era el hueso que los vecinos lo colocaron sobre un riachuelo y lo usaron de puente. Pero doscientos kilómetros al este de Praga, en la ciudad de Zdad nad Sazavou, se rumora que los labriegos dieron con la osamenta de una mujer gigante cubierta con una extraña armadura, caso que recuerda a los gigantes hallados en el continente americano.
 
¿Fueron dichos gigantes los creadores de la intrigante estructura sepultada en la roca viva de las cordilleras de la Bohemia Checa que describió el doctor Antonin Horak?
 
Horak, quien en 1944 ostentaba el rango de capitán en la rebelión checa contra los nazis, descubrió una estructura rarísima que describió como un “tiro de pozo” de piedra lisa claramente artificial que existía al final de una cueva cerca de las aldeas de Lubocna y Plavince. El relato del doctor Horak, que recuerda poderosamente a cualquier experiencia vivida por un personaje de H.P. Lovecraft, tomó lugar el 23 de octubre de 1944 mientras que los partisanos buscaban dónde refugiarse y recuperarse después de una “razzia” contra la Wehrmacht del Tercer Reich. Las referencias que tenemos al respecto nos llegan de la mano del mismo Horak, publicadas en marzo de 1965 en el boletín NSS News (Sociedad Espeleológica Nacional).
 
Tras de describir una cruenta batalla contra los alemanes durante una nevada, el autor pasa a describir la manera en que un granjero llamado Slavek se ofrece a ocultar a los sobrevivientes de la refriega dentro de una gruta. Antes de entrar a la gruta, el granjero se persigna de manera muy ceremoniosa, y una vez dentro, le pide a Horak que le prometa no internarse en las profundidades de las cavernas, ya que se trataba de un lugar “encantado”. El aguerrido soldado, más preocupado en buscar una salida alternativa a la cueva o descubrir la madriguera de algún oso que pudiese atacar a sus hombres, hace caso omiso de las advertencias del granjero y se dispone a explorar la cueva. “Comencé mi inspección de la caverna”, escribe Horak, “con un rifle, una linterna, antorchas y pico. Después de una caminata ni muy torcida ni azarosa, pude atravesar algunos sitios apretados, tomando siempre los pasadizos más fáciles y marcando los pasadizos laterales. Después de 1 ½ horas conseguí ganar un pasadizo largo y nivelado, que terminaba en un agujero del tamaño de un barril”.
 
El partisano logra franquear el agujero casi arrastrándose para encontrar una maravilla siniestra: algo que parecía un gran silo negro, descansando sobre un fondo blanco. Pensando que se trataba de una cortina natural de carbón, sal negra, hielo o lava, Horak se dispuso a tocarla, haciendo un descubrimiento que le causaría bastante azoro: “Me quedé perplejo, luego sorprendido, cuando me di cuenta que se trataba del flanco – tan liso como el vidrio – de una estructura hecha por la mano del hombre que ocupa las rocas por todas partes. Su curvatura, bella y cilíndrica, indica que se trata de un cuerpo enorme con un diámetro de unos veinticinco metros. Las estalagmitas y estalactitas constituyen el marco de blanco refulgente que rodea esta estructura en los puntos en que se encuentra con las rocas...”
 
La imaginación nos lleva a pensar, en este momento, en la lustrosa piedra negra e indestructible con que J.R.R. Tolkien fabrica la torre de Orthanc en su epopeya” El Señor de los Anillos”. Pero estamos en las montañas del centro de Europa en plena guerra mundial, y en vez de un explorador tenemos a un partisano que busca una vía de escape alternativa y no tesoros ni maravillas. Horak descubre que esta estructura primigenia parece combinar las propiedades del acero, pedernal y caucho tras de atacarla con su pico, que no hizo mella en la superficie y rebotó fácilmente. A estas alturas Horak comienza a sentir cierto temor sobre una estructura desconocida en una montaña ignota, pero descubre una grieta en la pared; arroja una antorcha a través  de esta abertura y puede escuchar un sonido parecido al de “un azadón caliente que hace contacto con un balde de agua”. 
 
Al día siguiente, mientras que sus compañeros de batalla descansaban y consumían las provisiones que les habían traído los granjeros a la caverna, Horak decidió internarse de nuevo en las profundidades para proseguir su investigación. Esta vez logró internarse físicamente en la grieta, sufriendo cortaduras producidas por las filosas piedras en su interior, para describir un pavimento al otro lado que tenía la misma sensación de suavidad que la misteriosa pared.  “La lámpara seguía ardiendo a mi lado, pero se escuchaban sonidos confusos. Encendiendo algunas antorchas, puede ver que me encontraba dentro de un tiro de pozo curveado y negro con forma de creciente y casi vertical. No puedo descubrir los susurros sombríos e interminables, los crujidos y sonidos rugientes, ecos anormales de mi propia respiración y mis movimientos...”
 
Horak cierra su escrito diciendo: “Soy un individuo de formación académica pero me veo obligado a admitir que entre aquellas peñas negras, satinadas y matemáticamente curveadas me sentí como si fuera presa de un poder sumamente extraño y maligno...durante mi última visita al lugar, examiné la ladera de la montaña sobre la zona y no encontré ni sumideros ni pozos, las supuestas conexiones al “tiro de pozo de la luna”. Pero en estas escarpadas pendientes de los montes Tatra, es muy posible que las avalanchas hayan arrasado o rellenado cualquier conexión parecida”.

¿Quién vive en las profundidades?

 La cueva conocida como Devil’s Hole (agujero del diablo) en el estado de Arkansas resulta interesante, ya que se trata de la morada del legendario lagarto devorador de humanos denominado “Gowrow”. En 1890, E.J. Rhodes, propietario del terreno en el que ubica la caverna, hizo que sus obreros bajaran cientos de pies de cuerda con una barra de hierro para medir su profundidad. El barrote hizo impacto contra algo sólido y los obreros escucharon un sonido siseante, como el que produce una bestia hostil. Al sacar la cuerda, comprobaron que el lingote de hierro estaba torcido y supuestamente con mordeduras. Los trabajadores volvieron a bajar una piedra, y escucharon el mismo siseo que antes – pero en esta ocasión, la piedra quedó cortada de la cuerda. No hay pruebas de que el Sr. Rhodes realizara más pruebas para sondear la cueva.
 
El “Gowrow” no es el único morador de las profundidades de la meseta Ozark que ocupa el estado de Arkansas. La población de Cushman en dicho estado goza de gran fama regional por sus profundas cavernas, en las que exploradores han enfrentado todo desde gases venenosos, fenómenos electromagnéticos, desapariciones inexplicadas e insectos gigantes. Una de estas cuevas lo es “Blowing Cave”  (la caverna de los soplos, que recuerda a las observaciones de Séneca sobre las cuevas y los vientos) en la zona minera al noroeste de Cushman. Entre la gran entrada al sistema subterráneo y el lago que domina sus profundidades, existe un sendero que conduce a lo largo de un campo de escoria. A mitad del sendero hay una fisura en la tierra que supuestamente conduce a niveles más profundos que no han sido explorados oficialmente.
 
En 1966, los periódicos de la australiana ciudad de Darwin transmitieron la noticia de que una operación de perforación de pozos había dado con extraños restos animales a ciento dos pies de profundidad.
 
Norman Jensen, avezado perforador de pozos de agua, había estado enfrascado en su labor a quince millas del asentamiento Killarney, 350 millas al sur de Darwin en los Territorios del Norte. La broca de Jensen – según los escritos – había perforado las capas esperadas de arcilla y arenisca cuando a los ciento dos pies de profundidad, la broca cedió, como si hubiese hecho contacto con una superficie blanda, descendiendo rápidamente a los ciento once pies. Seguro de  haber dado con el manto freático, Jensen hizo bajar una bomba para comprobar la calidad del agua. Pero en vez de producir el ansiado líquido, el aparato expulsó una cantidad de tejidos, pelo, huesos y cuero.
 
El perforador dio parte a las autoridades sobre su macabro hallazgo, diciéndole al condestable local que jamás había visto nada parecido en su vida. Las sustancias permanecieron en el patio del asentamiento Killarney, donde fueron consumidos por los pollos que cuidaban los dueños, aparentemente sin efectos nocivos.

La Dirección de Salubridad de la ciudad de Darwin informó al rotativo que las muestras eran mayormente de pelo y carne, y que se habían remitido mas muestras a los laboratorios de la ciudad de Adelaide sin que se obtuviese una respuesta definitiva. Según la opinión del profesor W.A. Langford, titular del ministerio, existía la posibilidad remota de que el tejido pudiese ser humano (Revista Fate, Septiembre 1966)
 
Si los restos australianos pueden atribuirse a una especie de topo gigante o criatura aún desconocida para la ciencia, ¿qué podemos pensar de la caverna en Turquía cuyo “récord” de desapariciones obligaron al gobierno turco a cerrar su entrada con barrotes?
 
La cueva de Pamukkale, denominada  “Plutonion” (Πλουτωνειον) por los antiguos y adyacente a las ruinas del antiguo templo al dios Apolo en la ciudad helenística de Hierapolis, siempre fue considerada de mal agüero por la cantidad de personas que morían o desparecían en ella.  El filósofo Estrabón comentó que los animales que se internaban en dicha caverna no volvían a salir, y que muchos humanos que franqueaban el umbral habían desaparecido también, agregando el detalle de que los hechiceros habían pactado con Hécate para permitir su entrada y salir  de ella “bañados en un resplandor rojo”. La revista OMNI para el mes de enero de 1989  incluyó una entrevista con Sheldon Aronson, catedrático de microbiología en la Queens College de Nueva York, quien comentó sobre la desaparición de un grupo de estudiantes australianos justo antes de su visita a Pamukkale. “Los turcos clausuraron la entrada a la cueva para impedir que entraran otros. Hasta donde tenemos conocimiento, nunca se volvió a saber de los australianos”. Aunque bien puede decirse que las desapariciones fueron consecuencia de los gases venenosos, o tal vez bandidaje, la antigüedad de la mala fama del Plutonion no deja de ser sorprendente, y trae a colación otras desparaciones supuestamente producidas en la isla de Malta.

Nos internaremos en el mundo subterráneo de las cavernas, llevados por la mano del buen Séneca, quien dijo lo siguiente en su tratado  Naturales Quaestiones : “Aún antes del reinado de Filipo de Macedonia, los hombres se abrieron paso en el mundo de las cavernas, donde resulta imposible distinguir la noche del día, y penetraron los lugares más recónditos. Vieron grandes y poderosos ríos, enormes lagos inmóviles, y panoramas que les hicieron temblar de miedo, pues habían descendido a un mundo en el que la naturaleza está de cabeza. El suelo colgaba sobre sus cabezas (¿estalactitas?) y escucharon el silbido sordo del viento en las penumbras. En las profundidades, aterradores ríos conducían a la nada en una oscuridad perpetua e inhumana. Después de tantas proezas, estos hombres ahora viven temerosos, tras haber desafiado las llamas del averno”. (Boston: Loeb Classical Library, 1971). El filósofo estoico que fuera preceptor de Nerón apuntó también que esos vientos podían tener tal fuerza que era la causa de los devastadores terremotos que sacudieron el mundo antiguo – ya comenzaba a verse el intento por parte de los sabios en encontrar causas a los fenómenos sin la necesidad de adjudicarlas a cierta deidad u otra. No sabemos si el gran filósofo nacido en Córdoba transmitió a Nerón su curiosidad por las cavernas y las entrañas de nuestro planeta, pero sí tenemos constancia de que el emperador despachó una expedición al norte de África bajo el mando de Celesio Baso, vecino de Cartago, para localizar una serie de cuevas supuestamente llenas de tesoros. Aunque el legado del emperador regresó con las manos vacías, se cree que la leyenda de dicha caverna de tesoros pudo haber sobrevivido para inspirar la gruta de Ali Baba en Las mil y una noches.
 
El mundo de las cavernas tuvo un gran atractivo para nuestros antepasados. En todos los continentes, estos espacios oscuros pasaron de ser meros lugares de cobijo – a menudo arrebatados a un oso u otro animal salve – a convertirse en santuarios en los que veneraban fuerzas elementales o totémicas. Lugares que conocemos por sus denominaciones contemporáneas, como Lascaux y Altamira en Europa y Guitarrero y Lauricocha en las Américas. Resulta casi incomprensible imaginar a nuestros ancestros enfrascados en la dura tarea de ilustrar complejas escenas de caza que son bellas desde nuestra perspectiva, en la oscuridad de las grutas, asistidos sólo por la luz de las antorchas.
 
Un sinnúmero de culturas considera que el origen de su pueblo se remonta a una cueva específica. Los taínos del Caribe, por ejemplo, afirmaban haber salido de las entrañas de la Caverna de las Maravillas en la actual isla de La Española. La cara opuesta de esta creencia mantiene que las cavernas son lugares ocupados por seres inmundos. La mitología asigna algunos de sus elementos menos inspiradores a estos sitios, como el caso de las brujas trogloditas de Tesalia en la tradición griega, o  a dragones, gnomos y otros seres en la tradición germánica; los estudiantes de literatura anglosajona siempre comienzan sus estudios con la lectura del temerario Beowulf internándose en las profundidades para inmolar al temido Grendel.
 
Pero este trabajo no tiene por mira examinar situaciones ficticias ni las asociaciones psicológicas de las cavernas: en nuestro propio siglo XXI, bisecado por la superautopista informativa y al borde de la realidad virtual, persiste la creencia de que estos sitios siguen representando una fuente de pasmo y de miedo.
 
En diciembre de 2006, la cadena Discovery transmitirá un especial televisivo sobre las extrañas cavernas localizadas por expertos en el monte Roraima de Venezuela – oquedades de millones de años de edad donde las telarañas han pasado a convertirse en estalactitas y los microbios se alimentan de sílice. Pero hay cavernas más extrañas aún, vinculadas al mundo de lo paranormal.
 
Las experiencias del esoterista Alan Greenfield – cuyos escritos buscan el vínculo entre el fenómeno ovni y el ocultismo – difícilmente se comparan con las legendarias peripecias del Alan Quartermain de H.Rider Haggard, pero representan un buen punto de partida para nuestro trabajo.  En su obra Secret Cipher of the Ufonauts (Atlanta: Illuminet Press, 1993), Greenfield aborda el tema de las cavernas en una entrevista con un tal “Terry R. Wriste” (seudónimo fonético y jocoso, que significa “desgárrate las muñecas”), presentado como “escritor de temas relacionados con la guerrilla urbana de los ’60”. En el transcurso de la charla entre estos personajes, el tema del siempre controvertido Richard Shaver – defensor de la existencia de los seres intraterrestres conocidos como “deros” o “robots detrimentales” que aquejan a la humanidad y controlan su forma de pensar – sale a relucir, y el guerrillero urbano hace el siguiente comentario a Greenfield: “Sería allá por 1961 o ’62. Ray Palmer [antiguo director de la revista FATE] estaba reeditando muchos materiales [escritos por] Shaver en 1940 sobre el mundo subterráneo, que según Shaver, estaba ocupado por una civilización antediluviana que se había trasladado a las entrañas de la tierra, aunque Palmer y sus seguidores apostaban por una realidad mas esotérica, como la cuarta dimensión o algo así...pues bien, Dick Shaver tuvo problemas con la ley, abandonó Wisconsin y fue a esconderse. Curiosamente, fue durante este momento que obtuve su dirección y me relacioné con un grupito de guerrilleros a ultranza que habían decidido – sin mediar un solo concepto metafísico – internarse en las cavernas para matar a los bastardos que controlaban nuestras mentes. Dick le había dado instrucciones a varios grupos anteriores, y algunos de ellos habían ido. La mayoría no regresó, pero algunos lo hicieron, entre ellos un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que se descubrieron una caverna cerca de Dulce, Nuevo México...”
 
Para los lectores que no estén familiarizados con la obra de Richard Shaver, el mundo subterráneo de los “deros” se conecta al nuestro a través de una serie de cavernas y pozos, muchas veces debajo de nuestras propias urbes. Aunque la mayor parte de este “mito” ha sido rechazado como ciencia-ficción de pésima calidad, seguiremos con la relación del Sr. Wrist.
 
 “Esto habría sido en 1948, y este tío y su equipo se internaron a través de una puerta y hacia abajo, a lo largo de lo que parecía ser un tiro de elevador sumamente antiguo hasta parar en una urbe intraterrena, donde localizaron a los “deros” y – según me contó – destruyeron algunas máquinas...no le creí, pero el mismo Shaver nos había dado algunas ubicaciones aquí mismo en el sur de los EE.UU. que según él, eran las cavernas que conectaban al mundo interior...el norte de Georgia en donde se encuentra el bosque estatal de Chatahoochee, el sur de Carolina del Norte y el condado de White en Georgia.”
 
En este momento del alucinante intercambio, el escritor le pregunta a su misterioso entrevistado: “Así que tú y tu grupo de paramilitares buscaron la entrada al mundo intraterreno. ¿Y qué pasó entonces?”
 
“Se abrió una puerta y entramos. Íbamos mucho mejor armados que el grupo en la década de los ’40. Éramos un grupo variopinto – veteranos recientes de la guerra de Vietnam, fugitivos de las brigadas armadas de resistencia contra la guerra de Vietnam, y un fulano que había luchado con los Panteras Negras. Éramos diez en total... descendimos y hacía mucho frío. Pensé que Shaver efectivamente había estado en este sitio, y que se trataba de una antigua concesión minera, hasta que pude escuchar el zumbido. Para entonces ya estábamos en una especie de caverna, una oquedad excavada artificialmente e iluminada con un resplandor verde y difuso que no provenía de ninguna fuente identificable. De todos modos, la zona parecía más una de las bases alienígenas que se mencionan en la actualidad y no una de las ciudades de Shaver. Nos enfrentamos con unos seres diminutos y de color gris – humanoides a grandes rasgos – y uno de los nuestros exclamó “¡dero!” y abrió fuego. Tenía un subfusil M-1, si mal no recuerdo. Un solo disparo, pero la pequeña criatura gris se iluminó repentinamente de color azul y desapareció. Escuchamos un sonido y sentí que mi propia arma – un M-16 – se volvía intolerablemte caliente. La dejé caer al suelo y me di la vuelta para salir corriendo. En ese momento vi dos criaturitas que me amenazaban con una red. Parece que la sugestión mental que me hizo soltar el subfusil  no aplicaba a la vieja pistola Luger que llevaba en mi cinturón, y una de las criaturillas recibió la sorpresa más desagradable de su vida. Explotó, mientras que la otra criatura soltó la red y salió corriendo, corriendo pendiente arriba. La perseguí, escuchando el zumbido y el ruido de ráfagas de balas y explosiones detrás de mí. Pero cuando salimos a la luz, el diminuto ser desapareció... de nuestro grupo, tres regresan a la superficie. Uno moriría de leucemia al año de haber tenido la experiencia.”
 
A estas alturas, el diálogo entre el controvertido Greenfield y el Sr. Wriste pasa de las aventuras intraterrenas a los códigos utilizados por Aleister Crowley para comunicarse con los “jefes secretos”, dejando a lector más perplejo que nunca en cuanto a la realidad o irrealidad de los hechos.
 
Pero las experiencias que han tenido otros con estos sitios subterráneos no pueden pasarse por alto. Ron Calais, veterano investigador de lo forteano, señala la odisea vivida por los mineros David Fellin y Henry Throne, supervivientes del colapso de una mina de carbón en el estado de Pennsylvania en 1963. Tras su rescate, ambos mineros afirmaron haber visto una enorme puerta abrirse en una de las galerías de la mina, revelando la presencia de unas escalinatas de mármol bañadas de luz azul, y seres vestidos en “atuendos extravagantes” que los miraban fijamente. Fellin y Throne juraron que su experiencia no había sido una alucinación producida por la presencia de gases venenosos o por la falta de oxígeno. Y casi una certeza que ambos supervivientes no tenían conocimiento alguno de las experiencias de Alfred Scadding, el único que sobrevivió al trágico desastre de la mina Moose River en 1936. Después del desplome, Scadding y algunos compañeros de trabajo que aguardaban el rescate juraron haber escuchado el sonido de carcajadas y gran regocijo proveniente de una de las galerías. Pensaron que tal vez estaban escuchando juegos infantiles en la superficie, cuyos sonidos se filtraban a través de algún respiradero. “No había ningún desfogue, pero lo escuchamos claramente. Risas y alboroto, como de gente que se divertía. El sonido duró veinticuatro horas.” (Steiger, Brad.  Atlantis Rising. NY: Signet, 1975).
 
Más sorprendente aún es el testimonio de Glenn Berger, inspector de minas para el estado de Pennsylvania, quien informó a las autoridades estatales que el derrumbe de la mina carbonera de Dixonville en 1944 no había sido un accidente, sino “un ataque por seres capaces de manipular la tierra y cuyos lares habían penetrado los mineros”. Como si de un cuento de H.P. Lovecraft se tratara, el inspector Berger apuntó que los mineros no murieron aplastados, sino a consecuencia de heridas producidas por grandes garras. Uno de los sobrevivientes dijo haber visto una criatura “inmunda” que causó el derrumbe. El informe del inspector fue mencionado por primera vez en una nota de prensa por Stoney Brakefield en el periódico Extra en julio de 1974.
 
El mismo año en que se produjo el desastre de Moose River, Jack McKenna, autor del libro Black Range Tales (Rio Grande Press, 1969) tendría su propia experiencia con los enigmas que circulan en el mundo bajo nuestros pies. Según el autor, había tenido la oportunidad de ver la manera en que dos doncellas amerindias parecían caminar directamente hacia la pared de un desfiladero, sólo para salir con cubetas de agua para darle a sus burros. Intrigado, McKenna y su amigo, Cousin Jack, se acercaron para descubrir una grieta que abría paso a una cueva oculta que contenía un manantial. Al día siguiente, los dos amigos se propusieron explorar la cueva, pensando tal vez hallar oro o minerales dejados atrás por bandidos. No habían avanzado mucho en su exploración cuando se toparon con huesos humanos, escuchando una voz que suplicaba clemencia. El lector se podrá imaginar la velocidad con que abandonaron el lugar.

El inframundo mesoamericano

México es un país de cavernas. Las condiciones geológicas han generado tal cantidad y complejidad de sistemas de túneles que bien podemos hablar de una patria subterránea. La propuesta aparece novedosa, mas no es así, sociedades pretéritas encontraron en las cavernas el entorno propicio para expresar su conciencia religiosa, la cual sólo hasta ahora empezamos a valorar al indagar su
pensamiento y sus manifestaciones culturales.

En este sentido, el estudio de las cavernas ofrece nuevas herramientas de interpretación antropológica e histórica. No sería aventurado decir que el territorio mexicano, con sus dos millones de kilómetros cuadrados, alberga más de 25 mil cavernas, de las cuales aún no se ha registrado ni el 10 por ciento.

Las cavernas eran consideradas puertas o vías de comunicación con las capas inferiores del universo en el pensamiento religioso de toda el área Maya y de Mesoamérica, en general. Se tenía una imagen del universo que entendía a la superficie terrestre como una plataforma circular o cuadrada en un eje horizontal rodeado de agua. Los cielos y el inframundo eran el eje vertical, formando así un inmenso mapa cosmológico. Se planteaba la existencia de 13 cielos o pisos superiores y nueve pisos que conformaban el inframundo. El mundo inferior era considerado como el soporte que sostenía el universo.

El simbolismo del inframundo está asociado a la noche y a las tinieblas, que pueden discernirse en dos mitos cosmogónicos: ritos de iniciación e iconografías que tratan de animales nocturnos o subterráneos que revelan la solidaridad estructural existente entre la oscuridad precósmica y prenatal, por una parte, y la muerte, el renacimiento y la iniciación, por otra. Es igualmente necesario agregar que la oscuridad simboliza el caos precósmico, así como la orgía, entendida ésta como la confusión social, la locura, y la desintegración de la personalidad.

El concepto mesoamericano de inframundo, con sus mitos y ritos, ofrece la posibilidad de exaltar diferentes estados psicológicos, que, en nuestros términos, son el mundo onírico y los estados alterados de la conciencia, ideas que, sin duda, están ligadas a las creencias y ritos religiosos de aquellas culturas.
En las formas de separación del cuerpo y el espíritu del chamanismo destaca el sueño y el trance extático como estados que, de acuerdo con la significación que tienen para los individuos, más que irracionales podrían ser considerados como supraconscientes. El estado de éxtasis es también una separación del cuerpo y el espíritu, en donde este último vive experiencias extraordinarias producidas por drogas, danzas orgiásticas, flagelación, autohipnotismo y respiración rítmica.

Huertas Malas

Detrás del Uritorco, y en un inmenso embudo entre cerros; tierra de una vegetación exuberante. 

Duraznillos florecidos en primavera, dan calidez al paisaje serrano. Su vegetación, vertientes y cuevas al pie del Cerro Macho, dan lugar a, pensar que en otras épocas sus pobladores vivían en el lugar como en el paraíso terrenal. La llamada “Cuevas de los Vientos”, curiosamente enclavada al pie del Cerro, produce una corriente de aire que con su fuerza no deja crecer malezas a su entrada. Plagada de víboras, -no todas venenosas- y pájaros; en días de verano sin brisa, la corriente de aire que expele produce un bramido, que en la noche, ante el silencio de la oscuridad, parece la boca del Uritorco que suspirase. Es el “bramido” del cerro, que a veces impresiona.

Mas abajo, otra cueva; sus paredes son de un brillante gris acerado y se la conoce como “La cueva de la Plata”.
Los paisanos de la zona, cuentan que sus abuelos, hablaban de un hombre, que bajaba de los Altos y vendía frutas secas a los vecinos del pueblo. Pedía en cambio ropas viejas y algún trozo de tocino o grasa.

Era un hombre alto, muy rubio, de espesa y larga barba y cabello; ojos azules, buen mozo. Vestía pantalones ajustados, chaquetilla larga y calzaba con cuero de guanaco que cazaba en el lugar. Lo llamaban “El Ermitaño de la Huertas Malas”, y era amigo de las víboras, de los pájaros y de los pumas. En este lugar hay historias de alucinaciones increíbles, duendes han aparecido a varios de sus visitantes,

Las frutas las cosechaba de plantas que el mismo había sembrado; y no son otras que los duraznillos e higueras, que hoy creemos salvajes y que en el lugar abundan. Los frutos alcanzan un tamaño nunca visto en ninguna parte del planeta.

Vivía en una casa hecha contra la piedra, al pie del Úritorco. El mismo la fabricó con tino de arquitecto y todavía mantiene sus muros. Se alimentaba de yuyos, frutos y carne de animales salvaje que cazaba con trampas que el mismo fabricaba.
Hacia 1870, dejó de bajar al pueblo; y dicen que fue asesinado por ladrones que lo creían rico en plata y oro, que suponían el había encontrado en la zona. Lo cierto es que los huesos no pudieron encontrarse.
Se cree que ingreso a ERKS.Es realmente lo mas probable.

Los menos jóvenes del pueblo, dicen que “El Ermitaño de las Huertas Malas”, era un capitán Español, que lucho en la batalla de Tucumán, y que, en desbande y mal herido, perdió contacto con los suyos que huian hacia Salta y enfiló hacia el Sur. Así llego a las Huertas Malas y se afincó en el lugar hasta el día que lo mataron. Su acento muy castizo, que desentonaba con el serrano de los lugareños; su forma de vestir y su palabra década de costumbrismo español, pueden hacer verdad la leyenda que tras este personaje se ha creado.
 

Leyendas sobre la Caverna de las Brujas

Cuenta una leyenda que los aborígenes solían usar la primera sala (Sala de La Virgen). Allí los Machis, (médicos brujos) de cada tribu, realizaban sus ceremonias rituales, encendían grandes fuegos y se sentaban a su alrededor y cuando bailaban haciendo grandes círculos en el fuego, sus sombras en las paredes se veían fantasmagóricas. Cuentan también que ingresaban mujeres con niños en brazos, y luego se escuchaban lamentos, llantos, extraños ruidos y se veían luces destellantes, “luz mala”, sin poder identificar su causa y origen. Todo este misterio hizo que los antiguos pobladores la denominaran “Caverna de las Brujas”.

Cuentan los pobladores de la zona de Bardas Blancas que una de las tribus que dominaban la región tenían cautivas a dos mujeres blancas, a las cuales para que no huyeran de las tolderías les habían lastimado las plantas de los pies. En cierta oportunidad las mujeres escaparon de su prisión y se refugiaron en la caverna, en la Sala de la Virgen.


A partir de esos días los habitantes del lugar comenzaron a ver dos mujeres de aspecto andrajoso, pelos largos y muy sucias, salir de la boca de la caverna en altas horas de la tarde y posteriormente ingresar nuevamente. Se escuchaban fuertes quejas y gritos de dolor que acompañados de luces y sombras de aspectos fantasmagóricos sembraban terror en los lugareños, los cuales comenzaron a llamarle el lugar, De las Brujas.
 
Cuando sanan sus heridas las dos cautivas buscan refugio en algún lugar más seguro por lo cual desaparecen de la primera sala de la caverna. Según don Ignacio Sagal, en ese lugar se refugiaban grandes lechuzos que al salir volando por la puerta de ingresos hacían suponer que las mujeres brujas definitivamente se habían transformado en aves.
 
Otros cuentan que mujeres indìgenas perseguidas por los españoles se refugiaron alli y se convirtieron mediante rituales en brujas, que hasta hoy se le aparecen al visitante.
“Sí, a la Caverna de Las Brujas puede ir, allí hay buenas energías, energías positivas”. Siempre me pregunté qué quiso decir el gran espeleólogo vasco-argentino Julio Goyén Aguado (1941 -1999) a una espeleóloga que conocí, quien me refirió este comentario.
 
En el extremo sur de la provincia de Mendoza, se encuentran bajo el cerro Moncoluna serie de profundas galerías formadas a través de millones de años. Cuentan las leyendas, que su nombre (de Las Brujas) se originó en las ceremonias y danzas que hacían en sus oquedades, los nativos de la región, cuando los fuegos de las hogueras  provocaban sombras similares a seres tenebrosos o brujas en sus rocosas paredes. Otro relato nos dice que dos mujeres cautivas, escaparon de una tribu y se refugiaron en la caverna y que en una oportunidad los pobladores vieron salir de esa cavidad dos grandes lechuzas, suponiendo que estas mujeres se habían convertido en aves para escapar. Luego, comenzaron a verse también dos mujeres sucias y andrajosas que al anochecer salían y volvían a ingresar en la cueva.
 
Parece ser que lo misterioso y paranormal nunca abandonó esos túneles.



 
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